Ultraderecha invade a la política local europea
- Katrin Bennhold, Amanda Taub y Max Fisher
En Europa se ha empezado a notar la cooperación entre partidos convencionales y la ultraderecha, los cuales se han vuelto común a nivel local, con consecuencias potencialmente en cadena para la democracia.
FRANKENSTEIN, Alemania — La llamaron la coalición Frankenstein, y no sólo por la sede. Cuando la sección del partido conservador de la canciller Angela Merkel en Frankenstein desafió a Berlín y formó una alianza con la ultraderecha en el consejo aldeano, algunos la consideraron monstruosa.
Para muchos, la alianza violó uno de los máximos tabúes en la política alemana: que ningún partido convencional colabore con la extrema derecha.
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“Se cruzó una línea roja”, afirmó el alcalde Eckhard Vogel, un centrista quien no pertenece a ninguno de estos partidos.
En Frankenstein, una aldea en el suroeste de Alemania, la cooperación entre los demócratas cristianos de Merkel y la Alternativa para Alemania ha intrigado a los alemanes. Pero por toda Europa la cooperación entre partidos convencionales y la ultraderecha se ha vuelto común a nivel local, con consecuencias potencialmente en cadena para la democracia.
Los partidos convencionales tratan de hallar la forma de lidiar con la extrema derecha: ¿aislarla y contenerla, o trabajar con ella con la esperanza de recuperar electores?
A tres años de que inició el contragolpe populista, los legisladores de ultraderecha se han vuelto rostros familiares en legislaturas locales y nacionales en países como Noruega, Italia y Dinamarca.
Dos años después de haber unido fuerzas con el ultraderechista Partido de la Libertad, Sebastian Kurz, el líder del partido conservador de Austria, obtuvo más de 250 mil votos de sus socios de coalición y triunfó en las elecciones del 29 de septiembre.
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Le benefició a Kurz que el Partido de la Libertad había estado envuelto en escándalos que pusieron fin a su Gobierno de coalición. Pero Kurz también había adoptado la agenda del partido en cuestiones como retratar la migración como una amenaza a la identidad austriaca.
La coalición fortaleció a la centroderecha y debilitó a la extrema derecha. Pero también empujó a los conservadores de Kurz y al país a la derecha, planteando la interrogante: ¿quién está absorbiendo a quién?
En Alemania, Annegret Kramp-Karrenbauer, la líder de los demócratas cristianos y posible sucesora de Merkel, ha acusado a Alternativa para Alemania, o AfD, de crear un “clima intelectual” en el que un extremista de ultraderecha mató a tiros a Walter Lübcke, un funcionario regional, en junio —el primer asesinato de un político perpetrado por la extrema derecha en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, un veto a nivel local ha resultado ser complicado cuando el rostro de la AfD podría ser el médico o el bombero. Una ideología no se siente tanto como un obstáculo cuando los asuntos son reparar caminos o renovar la guardería.
En Chemnitz, donde manifestaciones ultraderechistas vieron a líderes de la AfD marchar lado a lado con neonazis el año pasado, el partido ayudó recientemente a los demócratas cristianos a tomar control de un número de proyectos sociales tradicionalmente operados por la izquierda.
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En Frankenstein, Monica Schirdewahn, una conservadora que entró a la coalición con su esposo de la AfD, dijo: “esto es la democracia. Si excluyes a un partido, excluyes a sus electores”.
Frieder Wagner, un trabajador químico retirado, discrepó.
“¿Qué acaso no hemos aprendido de la historia?”, preguntó. Los nazis también llegaron al poder en una coalición, dijo. “Y luego murió la democracia”.
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