México, a pasos de convertirse en un Estado fallido
- Bret Stephens
En el país, todos los pilares están agrietados. Las cárceles están fuera de control, las autoridades municipales se acobardan ante los cárteles, y el “índice de impunidad” es de poco menos del 99 %.
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Las políticas de EE. UU. y México han sido dañinas ante la creciente violencia de los cárteles de las drogas. Autoridades investigan la masacre de nueve miembros de una familia mormona en Sonora. Foto/ Luis Torres/ European Pressphoto Agency, vÍa Shutterstock.
Ciudad de México — En una visita de trabajo a esta ciudad, cené con uno de los estadistas más veteranos del país y lo escuché describir los mayores retos de la nación. Nombró tres: “El estado de derecho. El estado de derecho. Y el estado de derecho”.
La verdad de la observación quedó subrayada unos días después, cuando hombres armados matan a nueve miembros de la familia LeBarón en un camino rural en el estado norteño de Sonora. El motivo de la masacre no está claro, pero su barbarie sí lo es: tres mujeres y seis niños recibieron disparos a quemarropa y fueron quemados vivos en sus vehículos.
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El incidente ha cobrado gran atención en Estados Unidos en gran medida porque los LeBarón son parte de una larga presencia mormona estadounidense en el norte de México. Pero la razón de que los asesinatos realmente importen es que son otro recordatorio más de que México va en vía rápida a convertirse en un Estado fallido.
De esto, culpen a una combinación de incompetencia administrativa y necedad ideológica de Donald Trump y su homólogo mexicano, Andrés Manuel López Obrador. En el 2015, le pregunté al entonces candidato Trump si temía que sus políticas proteccionistas perjudicarían a México en formas que a la larga perjudicarían también a Estados Unidos. Su respuesta: “No me importa México, francamente. Realmente no me importa México”.
Desde entonces, Trump ha forzado una dudosa renegociación del TLCAN, pero aún tiene que lograr que un nuevo acuerdo comercial sea ratificado en el congreso, causando incertidumbres empresariales que han llevado a la economía mexicana al borde de la recesión. Le tomó a la administración más de un año reemplazar a su embajador en México, después de que el último renunció indignado. Y la insistencia de Trump en que México militarice la frontera sur con Guatemala ha vaciado a su Ejército del personal que necesita para combatir a los cárteles de las drogas.
El mes pasado, en la ciudad nororiental de Culiacán, fuerzas mexicanas de seguridad se hallaron rápidamente superadas en número y en armamento cuando trataron de arrestar al hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el capo de las drogas que está encarcelado. Los soldados capitularon y el hijo fue liberado de inmediato.
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Si las acciones de Trump han sido dañinas, las de López Obrados han sido desastrosas.
Su estrategia ante la violencia de los cárteles ha sido incrementar el gasto en programas sociales al tiempo que insta a los gánsters a pensar en sus madres. Ha afirmado que el crimen está bajo control e insiste todavía en que no tiene intenciones de reconsiderar su enfoque. En el fiasco de Culiacán, elogió la decisión de liberar al hijo de El Chapo al tiempo que ordenó revelar el nombre del oficial que había ordenado la operación, poniendo en peligro la vida del hombre. Gran parte del cuerpo de oficiales del Ejército ahora injuria abiertamente a su comandante en jefe.
Una parodia de una política ha producido un resultado predecible: el 2019 está en rumbo de convertirse el año más violento en México en décadas, con unos 17 mil asesinatos entre enero y junio.
Entonces, ¿qué podría funcionar? Una conversación con un ex funcionario estadounidense de inteligencia de alto nivel sugiere una analogía vigorizante.
“Lo que siempre se ha requerido”, dice el ex funcionario, “es construir una campaña civil-militar extensa e integrada, donde ‘militar’ incluye a todos los servicios de seguridad, similar a una campaña de contrainsurgencia como la aplicada en la escalada en Irak”.
Pero ¿no se ha intentado eso antes?
No precisamente. En el Gobierno del presidente Felipe Calderón (2006-2012), México aplicó una estrategia “capo” de derribar a los líderes de los cárteles. Pero la decapitación nunca funciona cuando tu enemigo es una Hidra. Su sucesor, Enrique Peña Nieto, creyó que la prosperidad económica y la reforma política serían un antídoto para la criminalidad. Pero eso resultó ser otro espejismo al tiempo que el crecimiento se rezagaba y la corrupción aumentaba.
“Cuando los presidentes mexicanos han analizado esto, es una tarea tan abrumadora”, señala el ex funcionario. “Es muy intensiva en cuanto a personal, y no sólo se trata de fuerzas de seguridad. Tienen que ser apoyadas por autoridades judiciales firmes, que a su vez tienen que ser respaldadas por autoridades carcelarias firmes. Ésos son los tres pilares del estado de derecho, y si alguno de ellos es débil, puede provocar que todo se venga abajo”.
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En México, todos los pilares están agrietados. Las cárceles están fuera de control. Las autoridades municipales se acobardan ante los cárteles. El “índice de impunidad” es de poco menos del 99 por ciento.
O el país controla su crisis de instituciones y sus déficits en liderazgo o se parecerá cada vez más a Irak antes de la escalada, aunque con el dinero de las drogas reemplazando al fanatismo religioso.
Puede que a Donald Trump no le importe México, pero a los estadounidenses les debería importar. Aún si se construye un muro, ninguna crisis respetará una frontera.
Bret L. Stephens, columnista de The New York Times, ganó un premio Pulitzer editorial en The Wall Street Journal.
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