El doctor y mis cordones
Actualizado 2015/11/16 10:08:14
- Stanley Heckadon-Moreno (opinion@epasa.com)
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Angustiosos son mis primeros recuerdos infantiles de la vida política istmeña. Se remontan a 1948. Tenía cinco años y asistía a primer grado en la ...
Angustiosos son mis primeros recuerdos infantiles de la vida política istmeña. Se remontan a 1948. Tenía cinco años y asistía a primer grado en la ...

Stanley Heckadon-Moreno
opinion@epasa.com
Angustiosos son mis primeros recuerdos infantiles de la vida política istmeña. Se remontan a 1948. Tenía cinco años y asistía a primer grado en la escuela de Doleguita, David, donde mi madre era maestra.
Vivíamos en la vieja casona de madera aserrada a mano, con techo de zinc y tejas, de mis tíos Roberto Anguizola Segovia y Bernardina Moreno de Anguizola, sobre la avenida Obaldía. Nietos y sobrinos apodábamos a mi tía “Mamama” y “Papoki” al tío. Quienes los visitaban les decían “doña Nina” y “don Roberto”.
Esta casona era una especie de santuario para los seguidores del PRA, el Partido Revolucionario Auténtico, liderado por el Dr. Arnulfo Arias. Había constante ir y venir de gente que hablaba del agravamiento de la situación política. Se acercaban las elecciones presidenciales de mayo del 48. Mi tía fue postulada candidata a diputada nacional por el PRA.
Fue el 48 un annus terribilis. Año aciago. Del exterior se escuchaban palabras como guerra fría, telón de hierro. En Panamá y Colón, miles habían quedado desempleados al cerrar las bases americanas, tras el fin de la II Guerra Mundial. En Costa Rica, cuyos eventos los chiricanos siguen de cerca, había guerra civil. Se decía que de Chiriquí iban armas al lado tico. La mayor industria provincial, las bananeras, estaban devastadas por el vendaval del 47.
Ese 48 regresa del exilio el Dr. Arias, depuesto por la Policía Nacional en 1941. Lo encarcelan y a muchos de sus partidarios. Algunos encerrados en La Macarela, la notoria celda de interrogación del cuartel de David. La gente temía a la Policía Nacional, sobre todo La Secreta. Los allanamientos eran frecuentes. Como a la finca de mis abuelos en el Chiriquí Viejo. Mucho miedo se le tenía al jefe de la Policía, coronel Antonio Remón Cantera.
Para las elecciones de mayo del 48 hubo 5 candidatos presidenciales. Durante y después de las votaciones hubo graves incidentes, robo de urnas, muertos y heridos. Más de un mes duró el conteo de votos. La vox populi era que al Doctor le robaron las elecciones. Que se estaba escondiendo en su finca de Boquete. Aun así, mi tía fue electa diputada.
A diario había rumores de golpes de Estado, revoluciones y arrestos. Un día dijeron que iban a cortar el agua del acueducto de David y nos pusimos a recoger agua en baldes de metal.
Una noche mis tíos partieron hacia Boquete en su Packard, con su chofer Bubicán. Iban a sacar a escondidas alguien importante del partido.
PREGUNTÉ QUÉ DEBÍAN HACER LOS “ROOMMATES”. DIJO QUE GUARDARSE SUS SECRETOS. “YO NO DIGO LOS TUYOS Y TÚ TE GUARDAS LOS MÍOS”. LE PREGUNTÉ CUÁL ERA EL SUYO. DIJO QUE SE ESCONDÍA DE UNA GENTE QUE QUERÍAN METERLO PRESO. PREGUNTÓ POR MI SECRETO. LE DIJE QUE NO SABÍA AMARRARME LOS CORDONES.
Como mi primo Tito estudiaba en Estados Unidos, yo dormía en su cuarto. Al amanecer vi un extraño en la otra cama. Di los buenos días y le dije que se parecía a un amigo mío que salía en los periódicos. Preguntó mi nombre. Luego me dijo: “Bueno, Stanley, ahora tú y yo somos roommates”. Pregunté qué era eso. Dijo que en Estados Unidos, donde había estudiado medicina, así se llamaba a los estudiantes que compartían un cuarto. Pregunté qué debían hacer los roommates. Dijo que guardarse sus secretos. “Yo no digo los tuyos y tú te guardas los míos”. Le pregunté cuál era el suyo. Dijo que se escondía de una gente que quería meterlo preso. Preguntó por mi secreto. Le dije que no sabía amarrarme los cordones. Más en confianza, le digo: “Bueno, voy a poner mis patas en el esprín de esa cama y tú me amarras esos cordones del carajo”. Ríe, se agacha y los amarra. Me pregunta dónde había aprendido esa palabra. Dije que de mis tíos y le imito cómo carajeaba cada uno. Pero que más me gustaba como lo hacía tío Roberto, quien decía “caaarajo”. Entra mi mamá, me regaña por decir tal palabra al Doctor. Él sonríe y dice: “Señora, no se preocupe, déjelo expresar las palabras recién aprendidas”.
Le pregunté si quería oír un cuento de mi abuela Josefa, de Chiriquí Viejo, que sabía muchos. Dijo que sí, que apuro no tenía. Le dije: “Bueno, voy a echarte el cuento del Tío Tigre culiquemao. Tío Tigre y Tío Conejo eran grandes amigos y apostaron quien llegaba primero a la curumbita del volcán Barú. Partió Tío Conejo. Tío Tigre, seguro de ganar, se echó a descansar. Un amigo de Tío Conejo calentó una paila de agua caliente y se la echó al rabo de Tío Tigre, que salió huyendo, pero para otro cerro”.
Meses después fui con mi tía, ya diputada, al Palacio de las Garzas. Al entrar al salón presidencial, el Doctor al verme sonríe y dice: “Ahí viene mi roommate. ¿Te gustaría sentarte en la silla del presidente de Panamá?”. Dije sí. Me levanta y sienta sobre el gran sillón, mis patitas sin alcanzar el piso. Luego me dice: “Bueno, roommate, ahora no le cuentes este secreto a nadie”.
Antropólogo
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