Metas
Convenciones y turismo
- Jaime Figueroa Navarro
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- opinion@epasa.com
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El efecto multiplicador en la economía de un turismo bien administrado por personas probas, aptas en la materia, plurilingües, viajadas, nos ofrece la portada de lo que podemos ser.

Panamá goza de innumerables atractivos que desconocemos por lerdos. Resulta inaudito que aquí el turista sabe más de nuestro quehacer que nosotros mismos. Foto: Epasa.
El año pasado, la ciudad de Las Vegas sirvió como anfitriona a 50 convenciones, granjeando 1.4 millones de visitantes.
Sumando y restando nuestras exiguas cifras oficiales, un remojo similar a la cantidad total de turistas que ingresaron al istmo.
Y todo esto en medio del desierto en una ciudad que se convirtió de la capital del pecado en la meca mundial de reuniones. ¿Cómo lo hicieron?
Preponderantemente, mentes brillantes guiaron el proyecto.
No se trata simplemente sobre la construcción de centros de convenciones, sino de un grupo de profesionales bien remunerados para mantener aceitado el trapiche de jugosos negocios.
Sus generosos, millonarios bonos anuales, se hacen solamente efectivos al logro de los objetivos, del incremento en las cifras, en fin, de resultados palpables.
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Al igual que Panamá, la finalidad del sesgo es el incremento de la ocupación hotelera y todas las actividades relacionadas al turismo como restaurantes, transporte y afanes de ocio.
Desde el momento del aterrizaje en el aeropuerto McCarran, que recibe más de 50 millones de pasajeros al año, el visitante resulta intrigado por la cantidad y variedad de actividades disponibles, entre ellas, por ejemplo, el museo más grande del mundo de maquinitas de "pinball".
El mayor atractivo en la periferia de la ciudad resulta ser la visita al Grand Canyon, áridas mesetas corroídas por el río Colorado a lo largo de las centurias.
Lograr 6.4 millones de visitantes en 2018 a este parque nacional nos revela la inmensidad de las potencialidades de un Panamá bien descrito por el diario The New York Times como "una vergüenza de belleza natural", dotada de una ecología sin par en el universo.
Nuestro primer centro de convenciones ATLAPA, que significa Atlántico Pacífico, abrió sus puertas en 1980.
Pésimamente administrado, este elefante blanco, producto del sudor de nuestros impuestos, arrojaba inaceptables pérdidas mayores al millón de balboas en 2008 cuando se optó por su venta, proyecto que jamás cristalizó por la ausencia de postores al abultado precio.
Inaugurado en 2003, el Centro de Convenciones Figali en la calzada de Amador, primer emprendimiento privado en el ruedo, se ve envuelto en una serie de dramáticas, cuasi novelescas incidencias que jamás permiten su despegue, en un juego de "no hago yo, pero tú tampoco", que merma la actividad y espanta la inversión privada en la industria.
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El Centro de Convenciones Amador es un ejemplo altozano del derroche del dinero de todos cuando confiamos nuestros votos a cambio de jamones, hojitas de zinc, pusilánimes prebendas y falsas sonrisas a grupos políticos, corruptos e ineptos, que se intercambian el poder sin el mínimo interés en la cosa pública, siempre presentando lindas propuestas que no cristalizan.
Goza Panamá de innumerables atractivos que desconocemos por lerdos.
Resulta inaudito que aquí el turista sabe más de nuestro quehacer que nosotros mismos.
El negocio de convenciones es un paraíso que goza de tanto verdor y lozanía, no se debe confiar al libre albedrío de los políticos.
Debe ser conducido por peritos en la materia, resultado de una selección privativa que resalte el mérito de los escogidos y no el padrinazgo de sinvergüenzas.
El efecto multiplicador en la economía de un turismo bien administrado por personas probas, aptas en la materia, plurilingües, viajadas, porque el viajar nutre la creatividad en la oferta, sobremanera ciudadanos amantes de Panamá y no del vil metal, nos ofrece la portada de lo que podemos ser.
Ojalá elijamos bien para hacer de ello una realidad después de tanto desorden y apatía.
Líder empresarial.
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