Cintura de goma y puños de piedra: la magia del boxeo panameño
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Panamá es una anomalía estadística en el mundo de los deportes de combate. Con una población pequeña en comparación con otras potencias, el país istmeño ha dado más campeones mundiales que muchas otras naciones; por solo poner un ejemplo, la lista incluye nombres legendarios como Roberto Durán, Eusebio Pedroza, Hilario Zapata e Ismael Laguna.
Este éxito continuo se debe a toda una escuela técnica muy propia que se ha ido heredando de gimnasio en gimnasio en la capital, pero sin duda, el estilo panameño es un baile mortal de defensa y ataque.
Mientras que la escuela mexicana busca el toma y dame, el ataque incesante, el panameño privilegia el arte de esquivar, pues la idea es pegar sin que te peguen. Para ello crearon una movilidad de tronco y cadera que los cronistas deportivos llamaron “cintura de goma”. Esta habilidad de eludir castigo por centímetros desespera a los atacantes más agresivos, dejándolos vendidos al contraataque.
Tal sofisticación técnica hace impredecibles sus peleas para el ojo no entrenado, algo que siempre consideran los analistas de apuestas online cuando un istmeño se enfrenta a un fajador en el ring.
El ritmo caribeño
El juego de pies del panameño es otro ritmo; por ahí dicen muchos entrenadores antiguos que en Panamá se boxea con música. Lo afrocaribeño llega al ring; el luchador no se mueve con rigidez, sino que se desliza. Esta agilidad les permite alterar su ángulo de ataque en un abrir y cerrar de ojos.
Ismael Laguna fue uno de los maestros de esta habilidad, ya que sus movimientos laterales y su velocidad de manos lo convertían en un objetivo fantasma. Y, a diferencia de lo que puedes pensar, no era correr por el ring para evitar el combate; más bien era controlar la distancia y el tiempo del combate. El oponente tiraba y daba en el aire, y recibía una respuesta certera.
Roberto Durán y el mito de la fuerza bruta
El sobrenombre de manos de piedra ha desorientado a varias generaciones sobre el boxeo de Roberto Durán. Aunque tenía una pegada impresionante, su fuerte era la defensa en la corta distancia, e incluso podríamos señalar que era la máxima expresión del estilo panameño. Podía quedarse parado frente a su oponente, intercambiar metralla y alejarse casi intacto gracias a su juego de cabeza y hombros y codos.
Durán, además de usar su poder, anulaba las armas del enemigo, haciendo fallar al oponente para desgastarlo física y mentalmente. Esa malicia callejera, moldeada en la calle y afinada en el gimnasio, es sello de la escuela nacional.
Los santuarios del dolor y la gloria
La técnica se moldea en la adversidad, donde algunos gimnasios son hornos donde el sudor y el calor se acercan a lo insoportable. Entrenar aquí hace un físico superior, ya que el boxeador se entrena para soportar y concentrarse bajo condiciones extremas.
Aquí no hay aire acondicionado ni equipos de alta tecnología, solo sacos pesados repletos de cintas adhesivas y entrenadores que son una enciclopedia del boxeo. Allí se aprende que la valentía no es llevarse golpes de más; la idea es pensar, a leer el cuerpo del oponente y a ejecutar la estrategia ideal.
La escuela panameña está viva porque no se basa en la fuerza, sino en la inteligencia de combate.

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