La historia se repite
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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Los seres humanos no aprendemos de la historia, ni a nivel de humanidad ni personalmente. Las continuas guerras nos demuestran que antes de todo enfrentamiento bélico viene toda una serie de discursos incendiarios donde se mezcla lo patriótico con el odio, al contrario, los argumentos de siempre de que uno es el agredido, la víctima y el otro el peligro, el malo, la amenaza.
Se explotan mucho los sucesos donde los agresores hicieron tal daño, ocasionaron destrucción. De que la única solución es movilizarse en armas y agredir al supuesto victimario. Y viene lo de siempre: enfrentamientos violentos donde mueren miles de jóvenes, quedando los campos sin cosechas, las fábricas vacías, los hogares con la ausencia para siempre de los seres queridos.
Y al final, quien pierde la guerra es la humanidad y quien la gana son los fabricantes de armas, cada vez más sofisticadas. El retroceso económico es grande en los países o naciones involucrados en las guerras. Y el resentimiento por generaciones de un pueblo contra otro.
Es preferible siempre un mal acuerdo de paz a un enfrenamiento bélico de terribles consecuencias. El diálogo como solución de conflictos siempre será el remedio a cualquier litigio internacional.
Una vida humana vale infinitamente más que cualquier interés económico, político, nacional, sabiendo que existen los mecanismos legales, los mecanismos solucionadores de conflictos, los tribunales internacionales, organismos como la ONU y entidades regionales que pueden ayudar a evitar una guerra y llegar a acuerdos de paz.
Los líderes de las naciones deben tener en esta etapa de la historia de la humanidad un gran amor por la paz, un deseo grande de solucionar conflictos por medio del diálogo, y de mantener las puertas abiertas a acuerdos de paz que eviten guerras absurdas, innecesarias y provocadoras de grandes retrocesos históricos.
Por eso Jesús nos dice que si vamos en camino hacia el juez mejor busquemos un arreglo de paz con el contrincante y evitemos un juicio donde podamos terminar mal. Que si tengo algo contra mi hermano debo reconciliarme con él antes de presentar la ofrenda. Que si nos piden andar una milla caminemos dos. Que si nos quitan el manto demos la túnica. Que si nos abofetean una mejilla pongamos la otra.
Que perdonemos setenta veces siete. Que amemos al enemigo. Que si nos maldicen bendigamos. Que no robemos, que no mintamos, que no deseemos la mujer del prójimo ni ninguna de sus pertenencias. Que no llamemos imbécil al hermano porque es como matarlo.
En el fondo es evitar cualquier conflicto, cualquier choque, porque la paz, la convivencia fraternal, el respeto al otro, debe prevalecer por encima de toda guerra. Con dirigentes así, con ese corazón lleno de Dios, el mundo viviría en paz.
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