Sobre el abuso infantil en los albergues de menores
Pensar que ese tipo de elementos comparte nuestro suelo, me llena de vergüenza, porque algo hicimos mal en sociedad al no haber podido prevenir en ellos ese tipo de conducta, atávica, brutal y propia de los animales a los que solo anima el apetito y tienen una ausencia en ellos de lo espiritual.
Compartimos el dolor de esos menores, ahora que la realidad aberrante de la crueldad impartida en ellos nos confronta a todos; sentimos empatía, y algún grado de culpa social, porque todos les fallamos. Foto: EFE.
Al principio, me resistí a creer esas noticias; ¿que en un país de gente noble, como la nuestra, pudieran darse abusos contra niños inocentes y, peor aún, por aquellos mismos en los que se había confiado su cuidado?
Esas historias, que uno lee aquí y allá, de la crueldad sin límites que desplegaron muchos en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, o la insensibilidad de algunos pueblos ignorantes que practican todavía la mutilación genital femenina, desde la más tierna edad, o ejemplos de las peores formas de trabajo a través de la explotación infantil, la esclavitud y el comercio de órganos; toda esa aberración me parecía foránea, hasta que escuché esas noticias de que en nuestro propio suelo se maltrataba de maneras crueles a parte inocente de lo que será algún día el futuro mismo de la nación; que se les suministraba alimento seco para perros; que se explotaba y abusaba sexualmente a criaturas cuya inocencia era todavía lo propio de sus pocos años.
Todo eso me hizo pensar y, pensando, me hirvió a la vez la sangre, porque esos desalmados que incurrieron en ese tipo de conductas caminaron ya el umbral de la peor aberración humana, porque un paso más y podrían ser parte de estadísticas del crimen de ese tipo que enuncia la peor brutalidad del hombre, con excesos de crueldad que a todos, o casi a todos, nos conmueven en una forma natural.
Pensar que ese tipo de elementos comparte nuestro suelo, me llena de vergüenza, porque algo hicimos mal en sociedad al no haber podido prevenir en ellos ese tipo de conducta, atávica, brutal y propia de los animales a los que solo anima el apetito y tienen una ausencia en ellos de lo espiritual.
Algún eslabón faltó sin duda en la formación temprana de esos individuos que hoy deben enfrentar el peso, mínimo en este caso, de la justicia humana y que tal vez, en su deformación, no lleguen nunca ya a sufrir esa condena que es peor que el hierro mismo del barrote: el índice acusador de sus conciencias ya petrificadas.
Compartimos el dolor de esos menores, ahora que la realidad aberrante de la crueldad impartida en ellos nos confronta a todos; sentimos empatía, y algún grado de culpa social, porque todos, absolutamente, les fallamos.
En ese caldo de cultivo, olvidado, cercenado en su inocencia, crece el semillero a veces del futuro criminal, insensible, vengativo, que sigue el curso del camino de venganza contra aquellos que, pudiendo hacer por ellos, simplemente los abandonaron.
Todavía estamos a tiempo, pienso yo, de sanar en algo esas heridas infantiles que tal vez ya se cerrarán y se abrirán por el resto de sus vidas; pero por lo menos sentirán que no fueron meras estadísticas sin nombre, abandonados en los fríos archivadores de metal de burocracias indolentes.
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Tal vez sentirán que, como sociedad, su historia nos conmueve, especialmente a aquellos que somos padres de familia y entendemos la fragilidad de los menores nuestros y nuestra propia obligación ineludible de construir por ellos, para ellos, un mejor mañana.
Abogado.